CUERNAVACA, MORELOS. Así concluye Gonzalo Edmundo Celorio Blasco su estupenda pieza oratoria que pronunciara al recibir el Premio Cervantes 2025 de manos del monarca español, Felipe VI en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, en la que se refirió a la llamada literatura del yo, que le inspiró el propio Miguel de Cervantes Saavedra, cuando recordó que ’el poeta habla de sí mismo y de sus ensoñaciones. Y a nadie le extrañaría que, en una circunstancia como esta, el poeta se refiriera a su propia poesía.
’Liberado de las exigencias de la veracidad histórica -continúa- le di cabida a la imaginación literaria: modifiqué nombres, fechas, parentescos; suprimí de un plumazo personajes anodinos para la literatura por más que hubieran sido relevantes para la vida familiar, de igual manera que engendré otros que se desplazaron por mis páginas con la misma naturalidad que si hubieran transitado por la historia.
La escritura se pobló de hipérboles, falacias, invenciones, lo que, paradójicamente, me permitió hacer calas más profundas en aquella historia original. Porque la ficción puede llegar adonde la veracidad histórica se detiene como delante de un precipicio. Y es que la novela tiene la potencia de ampliar las escalas y las categorías de la realidad. No se limita a contar lo que los seres humanos hacen, dicen o piensan, sino que incorpora a su discurso lo que recuerdan, lo que imaginan, lo que sueñan... todo aquello que forma parte de su realidad, entendida en un sentido amplio e incluyente. Y al mismo tiempo, la realidad, ensanchada por la imaginación que la subvierte y por el verbo que la recrea, se despliega con mayor amplitud y se revela con mayor hondura.
En el proceso de escritura, les fui suministrando a mis novelas en ciernes los datos que había podido recabar a propósito de la historia ancestral de mi familia: documentos de toda índole -actas, testamentos, fotografías, recortes de periódicos y hasta recetarios de cocina. Consulté hemerotecas y archivos históricos, realicé viajes de estudio a varios países, entrevisté a decenas de testigos sobrevivientes, leí intrusivamente cartas que no estaban dirigidas a mí, profané diarios íntimos que habían hecho las veces de confesionarios... Y de manera milagrosa, la novela misma los fue procesando conforme yo escribía y acabó por devolvérmelos a mí, su autor, convertidos en un discurso que leí, sorprendido por las revelaciones que la novela misma me proporcionaba. Mis novelas me han dado a conocer sucesos pavorosos de los que yo no tenía noticia ni la más mínima sospecha antes de escribirlas: adulterios escondidos, homicidios encubiertos, abusos pederastas. Sí, la novela es el género indagatorio por excelencia. Y ejercerlo es una aventura de alto riesgo.
Después de veinte años de navegación, por fin atraqué en la Ítaca de mis antepasados. Yo no conocí a ninguno de mis cuatro abuelos. Pero sé que el padre de mi padre salió de un caserío llanisco de Asturias, a mediados del siglo XIX para ‘hacer las Américas’ cuando apenas era un mozalbete de dieciséis años. Se estableció en México y al cabo de un tiempo de esfuerzos denodados y muchas privaciones, pudo casarse con una mujer mexicana con la que fundó la estirpe de la que procedo. Gracias a la novela que escribí sobre los avatares de su historia, lo conozco mejor que si lo hubiera conocido en vida.
Mi abuela materna nació en La Habana cuando Cuba, `La Perla de las Antillas’, era todavía una de las provincias españolas de ultramar. Se dice que ella bordó la estrella de la primera bandera cubana de su incipiente y malhadada independencia… A pesar de sus muchas ocupaciones, mi madre siempre encontró tiempo para leer novelas. Tanto disfrutaba la lectura, que una vez, cuando un hermano mío estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte a causa de una feroz peritonitis, le prometió a la Virgen del Perpetuo Socorro, de la que era devota, que dejaría de leer novelas durante cinco años, si lo salvaba. Ese era el mayor sacrificio que podía ofrecer. Mi hermano sobrevivió y ella cumplió su promesa con religiosa disciplina. Al cabo de cinco años pudo recuperar lo que más le deleitaba, su enorme gusto por leer novelas. A destiempo la comprendo, aunque yo no tenga su fe ni tendría el arrojo de hacer tamaño sacrificio.
Mi padre le escribió una carta de amor a mi madre todos los días, aunque ambos estuvieran en casa. Todavía lo puedo ver, sentado en su escritorio, escribiendo sus cartas cotidianas, rumiando sus nostalgias e inventando artilugios que nunca alcanzarían la bendición de la patente o que ya eran moneda de uso corriente en otras partes y aun en otros tiempos sin que él se hubiera enterado siquiera. Igual que yo ahora, que me paso la vida, sentado en mi escritorio, con los pies metidos debajo de las patas delanteras de la silla para no caer en la tentación de levantarme y abandonar la tarea, escribiendo lo que acaso, sin yo saberlo, ya escribieron otros.
Miguel, mi hermano mayor, que me llevaba 22 años, los mismos que le llevo yo a mi primogénito, me adoptó como hijo suyo cuando yo era niño, para contrarrestar la senectud de mi padre. Algunas tardes me invitaba a su habitación, que era menos un dormitorio que una biblioteca, y me hacía aprender de memoria frases rimbombantes que tendría que decir en voz alta cuando llegara a casa alguna novia suya.
Entonces me tomaba de los codos, me subía a la mesa del comedor y me preguntaba con un guiño de complicidad: Gonzalo, ¿hasta dónde me quieres? Y yo le respondía delante de la novia, te quiero más allá de la Cólquida donde Jasón y los argonautas buscaron el vellocino de oro; te quiero hasta la más lejana estrella de la Vía Láctea, te quiero hasta el último confín del universo.
Yo, por supuesto, no sabía quién era el tal Jasón, ni qué era la Vía Láctea ni qué significaba la palabra confín. Pero mis respuestas suscitaban el aplauso de la pequeña concurrencia y me otorgaban una singularidad en esa familia regida por el precepto equitativo de mi madre con el que gobernaba a su prolífica descendencia: ‘todos mis hijos son iguales.’ La novia quedaba seducida y yo, diferenciado de todos mis hermanos. Creo haber sabido desde entonces que en la palabra se cifraba mi destino.
He dedicado toda mi vida a la palabra. Como escritor que acaso habla más de lo que lee que de lo que vive; como profesor que no ha tenido mayor placer que contagiar el entusiasmo por la literatura a las muchas generaciones de alumnos que han pasado por sus aulas; como ‘aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles` que ha formado una generosa biblioteca con los libros que ha podido adquirir o trasegar desde cada uno de los países por los que ha viajado; como académico de la lengua enamorado del organismo vivo y cambiante que estudian él y sus colegas; como editor que ha tenido el privilegio de convertir un manuscrito en un libro vivo y circulante como la sangre.
Por eso, cuando alguien me pregunta que cuál es la palabra que más me gusta de la lengua española, le respondo que la palabra que más me gusta de la lengua de Cervantes es la palabra palabra’.
Que la palabra, palabra del idioma de Cervantes siga cabalgando por los siglos y los siglos y que los comprometidos con ella la sigamos difundiendo y respetando. Ese es nuestro compromiso como periodistas integrantes de la Federación Latinoamericana de Periodistas, FELAP, presidida por el colega argentino, Juan Carlos Camaño, por la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos, FAPERMEX, que encabeza el compañero oaxaqueño, Luis Javier Hernández Córdova el Colegio Nacional de Licenciados Periodismo, CONALIPE, que representamos, Teodoro Raúl Rentería Villa y el autor.
Honor al flamante Premio Cervantes 2025, Gonzalo Edmundo Celorio Blasco y reconocimiento al jurado, Pablo Rubén Villalobos Hernández.
Periodista y escritor; presidente del Colegio Nacional de Licenciados en Periodismo, CONALIPE; secretario de Desarrollo Social de la Federación Latinoamericana de Periodistas, FELAP; presidente fundador y vitalicio honorario de la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos, FAPERMEX, Doctor Honoris Causa por la Universidad Internacional, Académico de Número y Director de Comunicación de la Academia Nacional de Historia y Geografía, ANHG. Agradeceré sus comentarios y críticas en teodororenteriaa@gmail.com Nos escuchamos en las frecuencias en toda la República de Libertas Radio. Le invitamos a visitar: www.felap.info, www.ciap-felap.org, www.fapermex.org, y el portal: www.irradianoticias.com
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